El día estaba de playa, el sol hacía de las suyas junto a un hermoso cielo azul despejado del que emanaba un calor asfixiante, que no dejaba funcionar el aire acondicionado.
Pensé que nunca llegaríamos.La Avenida del Puerto estaba atestada de carros, el tapón parecía infinito, no había escapatoria, ya estábamos allí, eramos parte de un gigantesco ciempiés con ruedas que de cuando en cuando expulsaba humo negro.
Los transeúntes, vivarachos, deprisa nos dejaban atrás, sin duda, más valía ir caminando que pretender llegar a algún lado sobre ruedas.
Dejamos el vehículo en cuanto encontramos un parqueo, cosa difícil, en una de las angostas calles de la ciudad colonial, e iniciamos el paseo, dejándonos llevar por la jauría, lamentablemente nos dimos cuenta muy tarde de lo lejos que estábamos de la Av. Gómez o la Av. Churchil que era desde donde se podía apreciar el espectáculo en todo su esplendor.
Había tanta gente, que me atrevería apostar que hasta vinieron de los pueblos, creo que había representación de cada barrio de la capital, ¡Al dominicano le encanta lo da’o ¡ muchos no tenían ni idea de que se celebraba el Centenario de la Aviación Dominicana, ellos solo fueron a ver los aviones.
Me sentí como en una de esas películas de la 1era Guerra Mundial, juraría que nos estaban bombardeando, la adrenalina se desbordaba en el publico, sobre todo cuando los aviones apagaban el motor y se dejaban caer en picada, cuando hacían las figuras de corazón y carita feliz y cuando pasaban tan cerca que creíamos que se iban a estrellar contra nosotros.
Fue un gran espectáculo, en el que todos nos convertimos en zombis, durante ese fin de semana no se hablaba de otra cosa en los medios y en las casas; casualmente ese mismo domingo era la entrega de las 2.2 millones de firmas del movimiento Tren de la Reelección al Presidente de la Republica y puede que sean ilusiones mías, pero cada vez que hay algo importante en este país, alguna actividad emboba este pueblo que se distrae con cualquier cosa.
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