
En los últimos días, ante la ola de feminicidios que se vive en República Dominicana, se habla mucho sobre la violencia física y sobre la mujer golpeada, pero existe otra forma de agresión, mucho más sutil porque no deja marcas visibles, que es el maltrato verbal: el insulto y la humillación hacen que la imagen de uno mismo se deteriore completamente.
De hecho muchas de esas acciones de violencia física vienen precedidas, de años de violencia verbal no detectada, en que las personas habian aprendido a vivir en situaciones conflictivas, las cuales son reprimidas o minimizadas bajo sentimientos de desesperanza, disgusto y depresión.
Tengamos claro que en la violencia verbal el violento intenta degradar al otro llevándolo lo más bajo que pueda para hacer con él lo que desee. Cuanto más lo degrada, más siente que vale, es una relación especular, de vida o muerte, donde el violento vive gracias a que tiene a otro a quien denigrar en función de sus preconceptos, señalándole permanentemente lo que le falta o lo que hizo mal.
La Dra.Graciela Peyrú, directora del Centro para Salud Mental, dice que los ataques verbales no parecen dejar una marca visible, sin embargo deterioran la autoestima y dañan la salud de los vínculos. En ocasiones, los ataques se producen dentro de sentimientos caldeados o conflictos manifiestos. Pero no siempre es así: muy a menudo forma parte de una rutina y toma la forma de lo que parecen ser simples comentarios, consejos, descripciones, reclamos…
En muchas ocasiones, no es posible darse cuanta que ha ocurrido un ataque y la víctima termina acusándose a sí misma por sentirse mal, sin “visualizar” claramente la agresión y sin poder defenderse.
Chicas, es necesario que creemos consciencia, que no adoptemos esa conducta nociva para la salud que han adoptado muchas de nuestras madres como un modus vivendi, que nos quieren enseñar que hay que aguantar, hay que aguantar si, ser tolerantes, pero todo en la medida de lo sano y lo posible, pues el abuso verbal es un destructor de la igualdad de oportunidades: un destructor de la autoestima, la felicidad y, lo más importante, de la propia identidad personal.
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